El Jubileu de l’Esperança amb les persones privades de llibertat
Roma acull un signe profètic de misericòrdia, justícia restaurativa i segones oportunitats
[Totes les fotos que apareix el Papa -i el pres sentat en el banc- pertanyen a Vatican Media]
El passat 14 de desembre, Roma va ser escenari del Jubileu dels Presos, l’últim gran esdeveniment de l’Any Sant, que va reunir a prop de 6.000 pelegrins de 90 països entorn d’una mateixa crida: que ningú quedi exclòs de l’esperança.
De manera especial, el Jubileu va estar marcat per la vivència compartida de les presons espanyoles, que van participar de manera conjunta gràcies a l’impuls del Departament de Pastoral Penitenciària. Persones privades de llibertat procedents de diferents centres penitenciaris d’Espanya van caminar juntes a Roma, acompanyades per familiars, voluntariat i agents pastorals, com a signe visible de comunió i fraternitat. Aquesta delegació va estar encapçalada per Monsenyor Florencio Roselló, arquebisbe de Pamplona i bisbe de Tudela, i va comptar també amb la presència del religiós mercedari José María Carod, nou responsable de la Pastoral Penitenciària de la Conferència Episcopal Espanyola. Els moments d’oració compartida, reconciliació i peregrinació conjunta cap a la Porta Santa es van convertir en una experiència profundament significativa, que va reforçar el sentiment d’Església i la convicció que l’esperança es construeix caminant junts, més enllà dels murs.




En la seva homilia, el Sant Pare va dirigir paraules especialment pròximes i valentes a les persones privades de llibertat i als qui les acompanyen. Va reconèixer sense embuts que la presó és un entorn dur, on fins i tot les millors intencions troben obstacles. No obstant això, va animar a no rendir-se mai: “no cal cansar-se, desanimar-se o retrocedir, sinó seguir endavant amb tenacitat, valentia i esperit de col·laboració”.


Un dels missatges centrals del Papa va ser clar i profundament humà: “cap ésser humà coincideix amb el que ha fet”. La justícia autèntica -va subratllar- no pot reduir-se al càstig, sinó que ha de ser sempre un procés de reparació i reconciliació, capaç d’obrir camins de sanació personal i social. Per això, va reprendre el desig expressat pel Papa Francesc de promoure mesures d’amnistia o condonació de penes, orientades a ajudar les persones privades de llibertat a recuperar la confiança en si mateixes i en la societat.
Lleó XIV també va denunciar realitats que clamen al cel, com l’amuntegament, la falta de programes educatius i laborals estables, i la necessitat d’un acompanyament més profund en els processos de conversió i sanació interior. Al mateix temps, va oferir una mirada plena d’esperança: fins i tot entre els murs de les presons -va dir- poden brollar gestos, projectes i trobades extraordinàries d’humanitat, quan es cuiden la misericòrdia, el respecte i el perdó.


Des de la Fundació Obra Mercedària, acollim aquest Jubileu com una confirmació de la nostra missió: estar al costat de les persones privades de llibertat, defensar la seva dignitat i anunciar, amb fets i paraules, que sempre és possible començar de nou. Perquè, com va recordar el Papa al final de la seva homilia, només hi ha una cosa veritablement important: “Que ningú es perdi! Que tots se salvin!”.
Homilia del Papa Lleó XIV en la Santa Missa pel Jubilu dels Presos.
Roma, 14 de desembre de 2025.
Text/transcripció de la homilía (en castellà):
Queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy el Jubileo de la esperanza para el mundo carcelario, para los presos y para todos aquellos que se ocupan de la realidad penitenciaria. Con una elección llena de significado, lo hacemos en el tercer domingo de Adviento, que la liturgia define como “¡Gaudete!”, por las palabras con las que comienza la antífona de entrada de la Santa Misa (cf.Flp 4,4).
En el año litúrgico, este es el domingo “de la alegría”, que nos recuerda la dimensión luminosa de la espera: la confianza en que algo bello, y gozoso sucederá. A este respecto, el 26 de diciembre del año pasado, el Papa Francisco, al abrir la Puerta Santa en la iglesia del Padre nuestro, en el centro de detención de Rebibbia, lanzó una invitación a todos: «Dos cosas les digo -afirmó-. Primero: la cuerda en la mano, con el ancla de la esperanza. Segundo: abrir de par en par las puertas del corazón». Refiriéndose a la imagen de un ancla lanzada hacia la eternidad, más allá de cualquier barrera de espacio y tiempo (cf. Hb 6,17-20), nos invitaba a mantener viva la fe en la vida que nos espera y a creer siempre en la posibilidad de un futuro mejor.
Al mismo tiempo, sin embargo, nos exhortaba a ser, con corazón generoso, agentes de justicia y caridad en los ambientes en los que vivimos. A medida que se acerca la conclusión del Año Jubilar, debemos reconocer que, a pesar del compromiso de muchos, también en el mundo penitenciario queda aún mucho por hacer en este sentido, y las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado -«Volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sion con gritos de júbilo» (Is 35,10)- nos recuerdan que Dios es quien redime, quien libera, y este mensaje resuena como una misión importante y exigente para todos nosotros. Es verdad, la cárcel es un entorno difícil y hasta las mejores intenciones pueden encontrar muchos obstáculos. Precisamente por eso, no hay que cansarse, desanimarse o retroceder, sino seguir adelante con tenacidad, valentía y espíritu de colaboración.
De hecho, son muchos los que aún no comprenden que hay que levantarse de toda caída, que ningún ser humano coincide con lo que ha hecho y que la justicia es siempre un proceso de reparación y reconciliación. Sin embargo, cuando se conservan, incluso en condiciones difíciles, la belleza de los sentimientos, la sensibilidad, la atención a las necesidades de los demás, el respeto, la capacidad de misericordia y perdón, entonces, del duro terreno del sufrimiento y el pecado brotan flores maravillosas e incluso entre los muros de las prisiones maduran gestos, proyectos y encuentros extraordinarios en su humanidad. Se trata de un trabajo sobre los propios sentimientos y pensamientos, necesario para las personas privadas de libertad, pero antes aún para quienes tienen la gran responsabilidad de representar ante ellos y para ellos la justicia.
El Jubileo es una llamada a la conversión y, precisamente por eso, es motivo de esperanza y alegría. Por eso es importante contemplar ante todo a Jesús, a su humanidad, a su Reino, en el que «los ciegos ven y los paralíticos caminan; […] y la Buena Noticia es anunciada a los pobres» (Mt 11,5), recordando que, si bien a veces estos milagros se producen gracias a intervenciones extraordinarias de Dios, con mayor frecuencia se nos confían a nosotros, a nuestra compasión, a nuestra atención, a la sabiduría y a la responsabilidad de nuestras comunidades e instituciones.
Y esto nos lleva a otra dimensión de la profecía que hemos escuchado: el compromiso de promover en todos los ámbitos -y hoy subrayamos especialmente en las cárceles- una civilización fundada en nuevos criterios y, en última instancia, en la caridad, como decía san Pablo VI al cerrar el Año Jubilar de 1975: “Esta -la caridad- querría ser, especialmente en el plano de la vida pública, […] el principio de la nueva hora de gracia y de buena voluntad que el calendario de la historia abre ante nosotros: ¡la civilización del amor!” (cf. Catequesis, 31 diciembre 1975).
Con este propósito, el Papa Francisco deseaba, en particular, que durante el Año Santo se concedieran también «formas de amnistía o de condonación de la pena orientadas a ayudar a las personas para que recuperen la confianza en sí mismas y en la sociedad» (Bula Spes non confundit, 10) y a todos ofrecerles oportunidades reales de reinserción (cf. ibíd.). Confío en que en muchos países se dé cumplimiento a su deseo. El Jubileo, como sabemos, en su origen bíblico era precisamente un año de gracia en el que, de muchas maneras, a todos se les ofrecía la posibilidad de empezar de nuevo (cf. Lv 25,8-10).
El Evangelio que hemos escuchado también nos habla de esto. Juan el Bautista, mientras predicaba y bautizaba, invitaba al pueblo a convertirse y a cruzar de nuevo, simbólicamente, el río, como en tiempos de Josué (cf. Jos 3,17), para tomar posesión de la nueva “tierra prometida”, es decir, de un corazón reconciliado con Dios y con los hermanos. Y es elocuente, en este sentido, su figura de profeta: era recto, austero, franco hasta el punto de ser encarcelado por la valentía de sus palabras -no era «una caña agitada por el viento» (Mt 11,7)-; y, sin embargo, al mismo tiempo era rico en misericordia y comprensión hacia quienes, sinceramente arrepentidos, se esforzaban por cambiar (cf.Lc 3,10-14).
San Agustín, al respecto, en su famoso comentario al episodio evangélico de la adúltera perdonada (cf. Jn 8,1-11), concluye diciendo: «marchándose uno tras otro […], quedaron solos la mísera y la misericordia. Y el Señor le dice: […] vete y en adelante no peques más» (Sermón 302, 14).
Queridos hermanos, la tarea que el Señor les confía -a todos ustedes, reclusos y responsables del mundo penitenciario- no es fácil. Los problemas que hay que afrontar son muchos. Pensemos en el hacinamiento, en el compromiso aún insuficiente para garantizar programas educativos estables de recuperación y oportunidades de trabajo. Y no olvidemos, a nivel más personal, el peso del pasado, las heridas que hay que curar en el cuerpo y en el corazón, las desilusiones, la infinita paciencia que se necesita, consigo mismo y con los demás, cuando se emprenden caminos de conversión, y la tentación de rendirse o de no perdonar más. Sin embargo, el Señor, más allá de todo, sigue repitiéndonos que sólo hay una cosa importante: que nadie se pierda (cf. Jn 6,39) y «que todos se salven» (1 Tm 2,4).
¡Que nadie se pierda! ¡Que todos se salven! Esto es lo que quiere nuestro Dios, este es su Reino, este es el objetivo de su acción en el mundo. Al acercarse la Navidad, queremos abrazar también nosotros, aún con más fuerza, su sueño, perseverantes en nuestro compromiso (cf. St 5,8) y llenos de confianza. Porque sabemos que, incluso ante los desafíos más grandes, no estamos solos: el Señor está cerca (cf. Flp 4,5), camina con nosotros y, con Él a nuestro lado, siempre sucederá algo maravilloso y alborozador.
Santa Missa, 14 de desembre de 2025 – Papa Lleó XIV


