La historia de Ángeles Pérez, más de 40 años acogiendo a presos en pisos

Tiene 81 años, pero esta incombustible mujer no para: hace 40 años alquiló un pisito para acoger a presos que salían en 2º grado y en libertad condicional. Después, montó la asociación y hoy cuenta con seis pisos en Madrid

 

[Artículo y fotos extraídas íntegramente de Idealista/news]

 

En redes sociales se lee a menudo eso de que no todos los héroes (o heroínas) llevan capa. Seguramente Ángeles Pérez no se vea a sí misma como una heroína, pero algo tienen que decir al respecto todos esos hombres y mujeres a los que ha echado una mano cuando salieron de la cárcel.

Por lo pronto, ellos la ven no ya como a una segunda madre, sino como a la madre, quizás la única que se ha ocupado de ellos tras su paso por prisión: «Es la madre de todos, por el cariño que te transmite, te da confianza cuando la has perdido. Son muchas cosas. Es una mujer que se ha ganado el cielo«, afirma José Antonio Tomás, seis años y medio en la cárcel, ahora echando un cable en Apromar y trabajando de jardinero. Él es uno de ellos, uno de los más de mil presos a los que esta asociación madrileña ha dado una segunda oportunidad.

Apromar es el otro hijo de Ángeles Pérez, es el acrónimo de Asociación Pro Recuperación de Marginados. El lema de esta asociación es «¿Y después de la cárcel, qué?» porque a la salida de la cárcel lo que suele haber es un terreno baldío y cero oportunidades, ni laborales ni sociales. Nada de nada porque lo de la labor reintegradora de la cárcel parece que se nos ha quedado por el camino…

Por eso Pérez, que tiene 81 años y una red de 6 pisos en los que acoge a los presos que salen en 2º grado, de permiso y en libertad condicional, empezó a hacer voluntariado en el entorno penitenciario hace ya 40 años: «Empecé en el reformatorio de jóvenes que había al lado de la cárcel de Carabanchel. Iba con el cura porque tú sola no podías, como no sea que tuvieras una asociación. Por eso hice la asociación, porque yo quería entrar y trabajar con ellos. Cuando empecé eran chicos muy jóvenes, 17, 18 años… hasta arriba de droga, porque fue el año que de verdad empezó la droga».

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«Aquello era un verdadero desastre. Y por eso quise implicarme y ver lo que podía hacer. Después presenté un proyecto y me lo aprobaron. Y entonces sí que empecé como asociación», explica en el barrio de Entrevías, en uno de los pisos que tiene alquilados al IVIMA. En este bloque cuentan con dos viviendas, puerta con puerta en la misma planta. Cada una tiene aproximadamente 100 m2, 3 habitaciones y una pequeña terraza. En cada piso suelen convivir unas 6/7 personas y en cada uno de ellos hay un voluntario que está las 24 horas.

Pérez nos atiende un viernes por la tarde porque por las mañanas está visitando cárceles, se las conoce todas: Valdemoro, donde están viendo a unos 60 presos, Navalcarnero (a unos 30), Ocaña II (a otras 60 personas) … Va contenta pero muchas veces, reconoce, salía llorando de ellas: «Creo que la persona que está en la cárcel es la persona más desgraciada de todas. Porque pierde la libertad que es lo mejor que tenemos y perdiendo la libertad se pierde todo. Y luego estar en la cárcel es muy difícil y cuando salen, ojo. Hoy mismo nos llega un chico que lleva 27 años en la cárcel, es su primer permiso. Y cuando salen les choca todo, los colores de las calles… todo, todo. Si ya cuando te vas de veraneo un mes y vuelves a casa te parece el techo más alto o más bajo, imagínate años en la cárcel», explica. Y añade sin atisbo de duda: «De la cárcel se sale peor de lo que se entra«. Por si tenían dudas.

Seis pisos, un almacén y 3 coches

Apromar cuenta en la actualidad con 50 socios y 6 pisos alquilados, un almacén y tres coches para ir y venir a las cárceles. Empezaron con un pequeño piso cerca del Gregorio Marañón: «Era un apartamento chiquitito, tenía una habitación solo, pero para empezar a sacarlos… yo no tenía a nadie que me ayudara, ni yo tampoco sabía lo que había que hacer. Poco a poco me fui enterando y cogí otro piso», cuenta mientras remueve su café.

El primer chico que entró en aquel primer piso era un colombiano de 18 años que hoy está trabajando en Nueva York y que, al igual que muchos otros, la sigue llamando por su cumpleaños.

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Cuando comenzaron a pedir pisos, nadie se los alquilaba, porque, ¿quién va a querer dar techo a exdelincuentes? Así que los alquilaban a nombre de su marido y decían que los chicos venían de la parroquia, que eran chicos sin familia, siempre evitando la palabra «presos».

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Pero cada vez había más y había que encontrar una alternativa habitacional y ésta le llegó del entonces alcalde Alberto Ruíz-Gallardón, que les facilitó el alquiler de un par de viviendas, éstas en las que estamos. Por cada una de ellas paga 125 euros al mes.

Aquí hay normas

En cada una de ellas hay normas: «Cuando los voy a ver a las cárceles me dicen que sí, que claro, que aceptan cualquier norma, pero yo les digo que eso me lo cuenten cuando estén fuera, porque les cuesta. Ellos tienen que levantarse a una hora, las ocho o las ocho y media. Se duchan, hacen su cama y arreglan su habitación, al que le toque, porque hay más de uno en la habitación. Desgraciadamente hay tres. Luego pueden salir y luego tienen que venir a comer. Eso les sienta muy mal. Y luego venir a cenar a su hora y dormir en casa. Yo, antes de la epidemia, les dejaba una noche libre siempre a todos», aclara. En las casas se hacen controles aleatorios para comprobar que no hay consumo de droga, por ejemplo. La comida se prepara y distribuye para todas las casas, de la materia prima se encarga el Banco de Alimentos.

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En la asociación siempre han contado con psicólogo, criminólogoporque la gente que sale de la cárcel sale muy mal, «Necesita mucho tratamiento, mucha atención, que estén pendientes de ellos, date cuenta de que tienen que cambiar de estilo de vida», afirma. La asociación tiene un presupuesto de 150.000 euros anuales y se nutre de donativos, algunos de gente anónima y otros de empresarios: «Los chicos (hay más hombres que mujeres) no pagan nunca nada. Estén un año, estén dos o estén trabajando, estén sin trabajar, no pagan nunca nada. Entonces yo les digo que cuando empiecen a trabajar el dinero tienen que guardarlo. Eso sí que es duro para ellos», afirma. «En 2021 se independizaron con trabajo 16 chicos«, aclara Pérez.

A Ángeles Pérez le da igual el delito que hayan cometido. «Siempre he atendido al que me ha llamado, me da igual lo que haya hecho porque, ¿qué hago? ¿Le digo que no le cojo si tiene un delito grave? Todo el mundo necesita que se le ayude«.

Cuando se le pregunta cuándo se jubilará dice que lo hará como las artistas, «en el escenario». ¿Volverías a hacer lo mismo si volviese atrás? «Yo sí, y he sufrido muchísimo, pero también qué tranquilidad lo que he hecho con muchísima gente salvada en la calle«.

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